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"La realidad, esa guionista sin pudor"

"La realidad, esa guionista sin pudor"

EFE

La realidad ha dejado de comportarse. Ya no respeta las normas mínimas del relato ni guarda las distancias con el disparate. Se levanta cada mañana, se sirve un café y decide improvisar. Por eso, uno abre el periódico con la misma prevención con la que abriría un manuscrito encontrado en un cajón ajeno: sabe que algo no encaja, pero aún no sabe qué.

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Ahí está, por ejemplo, la condena penal de un expresidente de Estados Unidos, Donald Trump. El dato entra en la cabeza como entra una frase mal puntuada. Uno la relee. Luego vuelve atrás. Pero no hay errata. El expresidente ha sido condenado y, pese a ello, ahí sigue, gobernando, marcando el ritmo del mundo y sacudiendo las redes sociales como quien sacude una alfombra desde el balcón. El poder, descubrimos, no se cae: se adapta.

El sistema judicial, que debería ofrecernos cierto consuelo narrativo, aporta su propio giro inquietante. Un juez es condenado a raíz de la denuncia de una persona investigada por el mismo juez y que aún no ha sido juzgada, en un caso vinculado al entorno de Isabel Díaz Ayuso. La justicia, que siempre imaginamos como una línea recta, adopta la forma de un pasillo circular. Kafka, desde algún lugar, toma notas.

Y cuando el lector empieza a familiarizarse con esta lógica torcida, llega el clímax: la captura del presidente venezolano, Nicolás Maduro, por fuerzas estadounidenses. La escena se describe con una precisión casi cinematográfica: ojos vendados, manos encadenadas, oídos tapados y una botella de agua entre las manos.

La ficción necesita orden, coherencia, un mínimo de pudor. La realidad no necesita nada. Se escribe sola, a veces con torpeza, a veces con crueldad, casi siempre sin corregir. Quizá por eso los guionistas empiezan a tener un problema serio: ¿cómo inventar algo cuando lo improbable ya se publica a diario?

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