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"Crecer y dejar de creer"

"Crecer y dejar de creer"

J.J. Guillén / EFE

No sé si de pequeño era ingenuo o simplemente hacía lo que hacen todos los niños: creer. Creer en los héroes, creer en los dibujos y creer también en los adultos que salían en televisión diciendo que trabajaban por el bien de los ciudadanos.

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Cuando veía Bola de Drac en el Super3 pensaba que algún día quizá podría convertirme en Super Saiyan. Y cuando veía a políticos trajeados hablando de justicia, esfuerzo y honestidad, también me lo creía.

La vida adulta te acaba enseñando dos cosas: que no puedes convertirte en Super Saiyan… y que muchos de aquellos hombres y mujeres de traje que prometían defendernos han acabado defendiendo únicamente sus propios intereses.

Han pasado gobiernos de todos los colores. Da igual si vienen de la derecha o de la izquierda. Cada cierto tiempo aparece un nuevo escándalo, nuevos casos de corrupción, nuevos nombres y nuevas excusas. Y mientras tanto, los ciudadanos seguimos pagando.

Este año me tocó pagar a Hacienda. Y lo hice, como hacemos millones de personas, porque sabemos que si no cumplimos, llegan las multas, los recargos y las consecuencias. Pero cuesta entender por qué al ciudadano corriente se le exige cada céntimo mientras vemos cómo quienes han manejado dinero público rara vez devuelven realmente lo robado.

Esa es la sensación que muchos tenemos: que existen dos normas distintas. Una para quien madruga, trabaja y paga impuestos. Y otra para quienes llevan corbata, hablan muy bien delante de una cámara y, pase lo que pase, parecen caer siempre de pie.

Quizá el problema no es solo la corrupción. Quizá el problema más grave es el cansancio y la resignación que ha generado en toda una generación que creció creyendo en instituciones que hoy ve con una mezcla de enfado y decepción.

Porque cuando un país pierde la confianza en quienes lo representan, pierde algo mucho más importante que dinero: pierde credibilidad.

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