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"El problema no son los supermecados 24 horas sino el modelo de ciudad"

Un supermercado 24 horas de Barcelona, en una imagen de archivo.

Un supermercado 24 horas de Barcelona, en una imagen de archivo. / Manu Mitru

Barcelona suspende nuevas licencias para tiendas 24 horas. Tarde. Muy tarde. Pero por fin alguien se ha atrevido a poner algún límite porque el problema ya no son solo los comercios de 24 horas, el problema es el modelo de ciudad que hemos dejado crecer durante años sin control mientras desaparecía el comercio de barrio. En mi barrio llevamos años reclamando una regulación de la actividad comercial. No para decirle a nadie qué negocio puede abrir sino porque sabemos lo que el comercio significa para un barrio y vemos cómo este se pierde.

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Tiendas de alimentación en cada esquina. Cadenas de panaderías. Bazares improvisados. Tiendas de móviles. Bares con dudosa actividad. Almacenes con persianas a medias durante todo el día... Y además, una sensación cada vez más evidente de desigualdad. Porque mientras a algunos se les regula el idioma del rótulo, la contaminación lumínica o cómo tienen que colocar un toldo, a otros se les permite abrir locales con cuatro tablas, cajas apiladas, y unas condiciones laborales que muchas veces dejan bastante que desear. Esa doble vara de medir también destruye la ciudad.

El problema no es quién lleva el negocio. Da igual de dónde venga. El problema es permitir que un único modelo comercial acabe colonizando calles enteras hasta expulsar todo lo demás. Eso no es diversidad. Eso es dejadez institucional. Durante años hemos estado más preocupados por si era correcto moralmente decir “badulaque” o “tienda de ultramarinos” que por el hecho de que iban bajando la persiana panaderías, librerías, ferreterías y negocios de toda la vida. Comercios que daban identidad. Que cuidaban del barrio. Que hacían barrio.

Y si alguien lo dice en voz alta, enseguida aparece la etiqueta fácil. Pues no. Defender el comercio de proximidad, el equilibrio urbano y una ciudad habitable no es ser facha. Es tener sentido común. Porque las ciudades no pierden el alma de golpe. La pierden con cada persiana que baja.

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