"¡Qué pobres estos tenistas!"
Manuel Pablo Isla Premià de Dalt
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Una chica leyendo en un parque / 123RF
Silvia Gurrea
Hubo un tiempo en el que a las mujeres se nos enseñó a temer por la soledad. Hoy, ese miedo ha cambiado: no es quedarse sola, es renunciar al bienestar, al tiempo y a la tranquilidad. La soltería ha dejado de ser un castigo y la pareja ha dejado de ser un destino obligatorio, o incluso una condena, cuando la relación es insana o está marcada por el maltrato.
Entretots
'Doña Rosita la soltera', de Lorca, retrata la figura de la “solterona” como víctima de unas convenciones sociales marcadas por la época que reducían el valor de la mujer al matrimonio y la sometían al “qué dirán”. Un personaje que no solo parecía una tragedia íntima, también lo era estructural. Y aunque hoy esa presión adopte otras formas, sigue presente, a veces de manera inconsciente, cuando se cuestiona que una mujer priorice su bienestar antes que una relación desigual.
No significa que las mujeres ya no quieran amar; es que ya no aceptan hacerlo bajo estigmas o reglas que las consumen. El amor no está en crisis: lo está el modelo que lo ha representado durante generaciones. Por eso el “quedarse para vestir santos” es un temor que ya no asusta. Lo que verdaderamente me inquieta como mujer es renunciar a una vida plena para seguir moldes heredados que aún persisten.
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