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"Hace falta replantear qué tipo de evaluación necesita la educación del siglo XXI"

Alumnado haciendo la selectividad en Barcelona el curso pasado.

Alumnado haciendo la selectividad en Barcelona el curso pasado. / Jordi Otix

Las nuevas medidas de seguridad de las PAU (Pruebas de Acceso a la Universidad) reflejan hasta qué punto el sistema educativo vive obsesionado con el control. El cartel informativo distribuido en las aulas parece más propio de un aeropuerto que de un entorno educativo: detectores electrónicos, prohibiciones constantes, revisiones y amenazas de sanción. Incluso se advierte de la posibilidad de utilizar detectores de señales dentro de las aulas, algo que hace apenas unos años habría parecido impensable en un examen académico.

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Nadie discute que el fraude deba evitarse. El problema es otro: seguimos intentando proteger un modelo de examen basado excesivamente en la memorización y la presión mientras el mundo educativo y profesional ya ha cambiado. Resulta contradictorio hablar de pensamiento crítico, creatividad y competencias durante toda la etapa escolar y acabar evaluando a los alumnos con pruebas tradicionales donde lo más importante sigue siendo recordar contenidos bajo estrés.

Además, transmitir al alumnado la sensación de sospecha permanente no ayuda precisamente a construir una educación basada en la confianza y la responsabilidad. Muchos estudiantes afrontan estas pruebas después de años de esfuerzo y con una enorme carga emocional. Convertir el aula en un espacio de vigilancia constante solo incrementa esa ansiedad.

La inteligencia artificial no desaparecerá prohibiéndola. La universidad y el mundo laboral ya conviven con estas herramientas. Quizá el verdadero debate no sea cuántos dispositivos hay que vigilar, sino qué tipo de evaluación necesita realmente la educación del siglo XXI. Tal vez haya llegado el momento de replantear un sistema que parece más preocupado por evitar trampas que por fomentar el aprendizaje auténtico.

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