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"El duelo por lo perdido no sigue el ritmo de la emergencia"

"El duelo por lo perdido no sigue el ritmo de la emergencia"

Nacho Frade / Europa Press

Tras una catástrofe como una inundación, muchas veces no encontramos las palabras ni los gestos adecuados para ayudar a nuestros familiares afectados. El miedo a “no hacerlo bien” puede llevarnos al silencio, y el silencio también duele. Acompañar no es solucionar ni dar lecciones de fortaleza: es simplemente estar. Frases como “podría haber sido peor” o “al menos…”, suelen zanjar la conversación, sin que la otra persona pueda expresar realmente lo que siente.

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Los trabajadores sociales sabemos que el impacto no termina cuando baja el agua. La respuesta inicial suele ser rápida e intensa: donaciones, solidaridad, recursos urgentes... Es necesaria y valiosa. Pero después llega una fase más silenciosa, cuando la atención mediática se desvanece y las personas afectadas siguen conviviendo con pérdidas, trámites, cansancio emocional y ansiedad.

Acompañar no consiste en prestar ayuda durante unos días y desaparecer después. Consiste en preguntar qué se necesita, ofrecer apoyo concreto y cotidiano -hacer una compra, cuidar a los niños, pasear al perro, acompañar en gestiones...- y respetar los tiempos emocionales. El duelo por lo perdido, incluso por lo material, no sigue el ritmo de la emergencia.

Reconstruir una vida requiere continuidad y redes que no se activen solo en el momento más visible del desastre. Cuidar también es quedarse. Porque la verdadera reparación empieza cuando la solidaridad deja de ser un gesto aislado y se convierte en compromiso.

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