"¡Qué pobres estos tenistas!"
Manuel Pablo Isla Premià de Dalt
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Mario Guzmán / EFE
Miguel Fernández-Palacios Gordon
La tauromaquia persiste hoy como una anomalía ética intolerable. Es la legitimación de la crueldad en un espacio público. Un animal es torturado de forma deliberada, herido hasta el agotamiento y ejecutado ante una multitud que aplaude su agonía. Intentar camuflar este suplicio bajo el rótulo de «cultura» constituye una profunda bajeza intelectual y moral. Ninguna tradición posee la facultad de transformar el sadismo en virtud.
Entretots
Si este espectáculo se propusiera por primera vez en la actualidad, sería prohibido de inmediato y castigado penalmente. Apelar a la libertad para justificar el ensañamiento con un ser sintiente e indefenso es una burla despiadada. La verdadera evolución de una sociedad se mide por su capacidad de compasión hacia los más vulnerables.
Mantener vivas las corridas de toros no protege una identidad; perpetúa una vergüenza colectiva. Abolir el maltrato legalizado es un deber civilizatorio impostergable que significaría, simplemente, que la compasión ha prevalecido sobre la crueldad.
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