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Syriza ha ganado las elecciones griegas. Sin entrar en valorar si el éxito de la coalición de Tsipras es bueno o malo para los griegos, está claro que el resultado responde a una voluntad de los griegos de decir basta a la austeridad, de renegociar su deuda y de salir del agujero en el que por un lado ellos mismos se metieron pero que las instituciones europeas han puesto empeño en remachar.

A los griegos les habían anunciado desde dentro y fuera de Grecia todos los males en caso de que ganara Syriza. Si votaban a Syriza Grecia iba como mínimo a implosionar económicamente (como si no lo hubiera hecho ya) y sufrir socialmente (como si tampoco estuvieran sufriendo).

Pero ese discurso del miedo no ha calado. Syriza ha ganado casi con mayoría absoluta y hay suficientes diputados rupturistas en la cámara helena para que salga adelante cualquier renegociación de deuda y de las condiciones de la troika que plantee Tsipras.

Las sociedades del sur de Europa han sufrido la crisis más que ninguna otra en el resto de Europa, sus tasas de desempleo, los recortes en un estado del bienestar ya de partida poco desarrollado y la situación de deterioro de su sistema bancario y de inaccesibilidad al crédito han terminado debilitando cualquier miedo a perder de quienes ya han perdido mucho.

La situación actual es bastante difícil como para que hagamos caso a quien anuncia que tomando decisiones distintas de las que hasta ahora se han tomado se iba a empeorar. El discurso del miedo ya no cala. Ni en Grecia, ni en España y por extensión tampoco en Catalunya.

Si alguna lección podemos extraer para Catalunya, donde vivimos también un movimiento rupturista propio, basado también en la recuperación de la soberanía a través de la creación de un nuevo estado, es que el argumento del miedo no convence. Al igual que en el caso griego la búsqueda de la recuperación de la soberanía ciudadana de lo público no es frenada por estos argumentos.

Ya pueden anunciar todos los males con la independencia, que ese argumento no hace más que reforzar las posturas de los propios independentistas. Y tampoco sirven para convencer a la parte de indecisos que podría girar a la independencia.

Las condiciones de mantener el statu quo con España ya las conocen, y la incapacidad de las instituciones españolas de dar respuesta a la crisis también.

Los argumentos del miedo pueden estar mal o bien fundados, pero ya nadie teme al lobo feroz.

El unionismo aún no se ha dado cuenta de ello, sigue enrocado en sus argumentos del miedo y del inmovilismo en lugar de los de la seducción, creyendo que con eso basta. Y el miedo, hoy por hoy, como sustento del inmovilismo y del mantenimiento del statu quo, es ciertamente inútil.

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En lugar de explicar porqué estando unidos teóricamente nos va a ir mejor y vamos a poder resolver el encaje de Catalunya en un supuesto estado español más inclusivo (algo bastante cuestionable vista la experiencia), nos anuncian que sin el resto del estado español vamos a vagar por las galaxias como si fuésemos unos nómadas estelares.

El problema es que ya no nos da miedo viajar por las estrellas. Para que lo evitemos tendrían que decirnos lo bonito que es quedarse en el planeta llamado España, no hablar del frío que hace fuera de él.