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Hasta hace unos meses el soberanismo tan sólo tenía que dejarse llevar por los vientos favorables ya que ofrecía una vía de escape a la situación de bloqueo institucional que vive España. Ese bloqueo que impide hacer reformas a fondo impide erradicar las redes clientelares de la política e impide afrontar los grandes problemas de la sociedad catalana, entre ellos el del encaje de Catalunya en España.

Más de la mitad de las personas que se consideran hoy independentistas no lo eran antes del 2010. Desde 2010 hasta hace un año esa cifra iba creciendo de forma monótona y contínua (al menos así lo dicen las encuestas y los votos en las últimas elecciones). Tan sólo hacía falta esperar la gasolina de determinadas declaraciones de fuera y dentro de Catalunya o el oxígeno que provenía de la ceguera de quienes deberían ofrecer una 'tercera vía' creíble.

Pero ese crecimiento contínuo, casi monótono, se ha parado.

Por un lado ha aparecido otro actor que genera un escenario que compite a la hora de recoger apoyo social a un proyecto transformador. PODEMOS, al menos en su discurso, ofrece el desbloqueo de esas instituciones que no sólo no pasa por la independencia de Catalunya sino que no necesita pasar por el 'dret a decidir'. Se puede criticar la viabilidad o la credibilidad de la propuesta del partido de Pablo Iglesias, lo que no es discutible es que es un competidor al soberanismo dentro de una parte de la sociedad catalana como alternativa transformadora.

Por otro lado, al soberanismo ya se le exige más concreción. ¿Independencia para qué? Esa es una de las preguntas que más hacen a los soberanistas estos días. El soberanismo ha de ofrecer contenidos, mojarse en lo social, en el proyecto de país, en el modelo de política y de partidos.

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Esa concreción, además, no puede hacerse desde cierto 'buenismo' que adjudica a la independencia todas las virtudes posibles. Y eso requiere que los principales actores políticos y sociales del independentismo lleguen a consensos de mínimos sobre esos contenidos sociales y políticos de la propuesta soberanista.

Si no el independentismo estará condenado a un empate eterno. Tal y como indican las encuestas los soberanistas pueden ganar por la mínima todas las plebiscitarias que se planteen pero luego perderían cualquier referéndum. Si al unionismo le falta presentar alternativas creíbles para poder derrotar la idea de independencia, al soberanismo le falta una oferta más definida de que país busca, porque aún necesita más apoyo social para conseguir el cambio.