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"No se trata de prohibir sino de no discriminar, reconocer la pluralidad social y garantizar la convivencia"

Mujeres musulmanas con un un velo en una escuela

Mujeres musulmanas con un un velo en una escuela / El Periódico

“Collboni prohíbe la música y el baile”. “Collboni islamiza Barcelona”. Estos son algunos de los titulares con los que hemos amanecido esta semana. Titulares diseñados no para informar, sino para incendiar: agitar miedos, alimentar prejuicios y satisfacer a quienes se autoproclaman "guardianes de la patria". Los mismos que, de repente, han descubierto una fervorosa defensa de una supuesta tradición cristiana que, curiosamente, hasta hace muy poco parecía no inquietar a nadie.

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La estrategia no es nueva: inventar un enemigo, amplificarlo y convertirlo en amenaza. Ayer fue el extranjero, después el inmigrante y ahora el musulmán. El “otro”: ese supuesto invasor que, según algunos discursos, vendría a borrar nuestras costumbres e imponer una hegemonía cultural ajena. Conviene recordar algo que algunos parecen olvidar -o prefieren ignorar-: nuestras sociedades siempre han sido diversas. La convivencia entre culturas, religiones y tradiciones no es una anomalía reciente ni una amenaza civilizatoria. Es, simplemente, la historia misma de Europa.

En una sociedad democrática, el respeto no debería ser un gesto heroico ni una concesión ideológica, sino lo mínimo exigible. No se trata de prohibir la música ni el baile ni de alimentar fantasías sobre una supuesta “dictadura islamista”. Se trata de no discriminar, reconocer la pluralidad social y garantizar espacios donde todos puedan convivir sin ser señalados.

Sin embargo, el debate público parece cada vez menos interesado en los hechos y más seducido por el espectáculo del conflicto. La ignorancia y el odio funcionan como combustible político. Cuanto mayor es la polarización, mayor es el rédito electoral. Tal vez, el debate nunca fue ni la música ni el baile. El debate es sobre quién tiene derecho a ser considerado parte de “nosotros” y merece ocupar el espacio público y quién debe desaparecer directamente de él. Y lo verdaderamente inquietante no es que haya quien plantee esa pregunta, sino la cantidad de gente dispuesta a responderla.

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