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"Los protocolos de salud mental deben cambiar porque no están salvando vidas"

"Los protocolos de salud mental deben cambiar porque no están salvando vidas"

Mi historia es la de mi hijo, de 24 años, que se suicidó. La parte más impactante es que cinco horas antes de su muerte estuvimos en el Hospital Vall d’Hebron, donde fue atendido por una psiquiatra. Tras la visita, la psiquiatra me comunicó que mi hijo estaba en estado de 'shock' y que lo mejor era que regresáramos a casa para que descansara y durmiera.

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Yo le solicité si podía recetarle alguna medicación para ayudarle a dormir, pero me respondió que, en principio, esa visita era suficiente y que no era necesario medicarlo ni ingresarlo. Cinco horas después, ya en casa, mi hijo se lanzó por la ventana. Mi indignación nace de lo que ocurrió después y de lo que representa este caso.

Legalmente, al cumplirse ciertos protocolos de atención, esta actuación médica se considera correcta. Sin embargo, está muy claro que los protocolos actuales no están bien estudiados ni funcionan. Mi hijo fue atendido durante apenas 15 minutos. Como no tenía un diagnóstico previo de enfermedad mental, no se realizó ninguna actuación adicional: no hubo medicación, no hubo ingreso, y no se tuvo en cuenta la opinión de la persona que lo acompañaba, que era quien mejor lo conocía.

Así no se puede ayudar a nuestros jóvenes. La salud mental no puede valorarse en una visita tan breve ni sin escuchar a quienes conviven con la persona afectada. Este es un fallo grave del protocolo de salud mental, y en mi caso tuvo consecuencias irreversibles. Estoy convencida de que los protocolos deben cambiar, porque no están salvando vidas.

La enfermedad mental es compleja y difícil de valorar, precisamente por eso es imprescindible escuchar también a las familias y acompañantes. Ignorar esa información es un error muy serio. Hay demasiados suicidios, y sin una atención sanitaria adecuada no podremos salvar ni a nuestros jóvenes ni a los adultos que también lo necesitan; esto nos compete a todos como ciudadanos.

Cambiar los protocolos puede marcar la diferencia entre la vida y la muerte.

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