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"Lo animal seduce, y ahí está el deseo de no sufrir la complejidad de ser persona"

Sin rastro de therians: una quedada viral del fenómeno de moda reúne a centenares de curiosos en el Arc de Triomf de Barcelona

Sin rastro de therians: una quedada viral del fenómeno de moda reúne a centenares de curiosos en el Arc de Triomf de Barcelona / Jordi Cotrina

Hay algo nuevo en la superficie y algo muy antiguo en el fondo. Lo nuevo son los therians, los adolescentes que dicen sentirse animales y lo escenifican en TikTok. Lo antiguo es la pregunta que empuja por debajo: ¿quién soy yo? Si uno lo piensa despacio, el asunto no va de lobos, gatos o ciervos. Va de hogar. Cuando la casa interior del hombre se vuelve incómoda, surge la tentación extraña de mudarse; y no solo a otro barrio, sino a otra especie. Es una fantasía de descanso: “si fuera otra cosa, quizá encajaría mejor”.

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Las redes sociales, en especial TikTok, no crean esa inquietud, pero la aceleran porque convierten la identidad en un lenguaje rápido: gesto, etiqueta, pertenencia. Aquí aparece una paradoja. Cuanto más se insiste en “ser auténtico”, más se vive hacia afuera. Lo cierto es que el yo no se construye solo diciendo “esto soy”, porque la identidad necesita interioridad, continuidad, memoria; necesita una verdad lo bastante estable como para soportar los días malos.

Por eso, el contraste con Durero es muy interesante. Cuando se autorretrató en el año 1.500 mirando a Cristo, no estaba “copiando una imagen”, estaba situando su rostro ante un Rostro. Y ese gesto -mirarse desde una referencia- es lo que produce unidad. En la modernidad, cuando la referencia desaparece, el espejo se amplifica. Hoy me explico por lo que siento, mañana por lo que deseo…

Por eso ahora lo animal seduce, porque parece ser una pertenencia sin preguntas. Y ahí está el punto más humano; ese deseo de no sufrir la complejidad de ser persona es, precisamente, la señal de que estamos ante un problema espiritual, no meramente cultural. Al final, la pregunta que dejan los therians no es "¿puedo ser otra cosa?", sino "¿tengo un lugar en la realidad siendo quien soy?"

Quizá la tarea más inteligente hoy -la más contracultural- sea volver a aprender a mirarse en un espejo que no se rompe con cada emoción: el espejo en el que se miró Durero.

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