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Nosotros, 'los olvidados' de Carles Puigdemont

AFP / TOBIAS SCHWARZ

El expresidente de la Generalitat Carles Puigdemont, en Berlín, el pasado 25 de julio.

Alberto Baró VidalSant Cugat del Vallès

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Dijous, 9 d'agost del 2018 - 08:45 h

Estuve en la consulta independentista de 2014 votando 'no'. Y hasta 2015 podríamos decir que siempre me había sido considerado un catalanista moderado. Poco amante de los nacionalismos (todos), poco amigo de las banderas (todas) y muy fan de las discusiones ideológicas apasionadas con amigos y familiares.

Recuerdo que me movía cómodo y sin complejos entre la derecha nacionalista de CiU (puede parecer contradictorio pero el éxito de CiU fue crear un partido transversal donde cabíamos todos) y la izquierda socialista.

Así era yo. Y digo "era" porque un día el independentismo decidió que la gente como yo ya no íbamos a ser catalanistas nuncas más. Seríamos "traidores", "feixistes", "botiflers", "ignorantes", "borregos", "unionistas", "españolistas". Y una retahíla interminable de calificativos poco cariñosos con los que nuestros paisanos y convecinos nos dan los 'buenos días' cada vez que intentamos exponer nuestra postura no independentista. Pero sobre todo, seríamos 'Los olvidados'.

Recapitulemos. Septiembre 2015. Artur Mas convoca 'Las Plebiscitarias'. El independentismo gana las elecciones con mayoría absoluta (parlamentaria) pero pierde el plebiscito (sin mayoría social). Aún recuerdo a Antonio Baños admitiendo en público la derrota del plebiscito.

Pero, ¿qué más da? Llegó Carles Puigdemont y junto a sus socios de ERC decidieron que un 47,78% de la masa social catalana era suficiente para poner en marcha el famoso 'Full de Ruta', o lo que viene a ser proclamar la independencia unilateral en 18 meses. ¡Ole tú!

Públicamente, se nos hablaba de la necesidad de "ampliar la base" independentista pero los hechos consumados nos decían todo lo contrario: se aprobaron leyes pese a las reticencias del Consell de Garanties Estatutàries; se desobedecieron 5 notificaciones del TC; se convocó el referéndum del 1-0 e incluso, pese a las advertencias de colegas catalanes, españoles y europeos, se decidió escenificar la proclamación de la república catalana a través de la DUI. Todo ello, ignorando a más de la mitad de la sociedad catalana.

Y claro, después de liarla parda, huyó a Belgica. Ups, verbalizar el concepto "huído" en vez "exiliado" ya es síntoma de mi españolismo retrógado. En fin, actualmente las cosas están así: o compras el relato de Puigdemont (y de Quim Torra i Pla) o eres un facha que apoya la violencia en las calles.

Repetid conmigo niños, como diría el Gran Wyoming: "No son fugados, son 'exiliados'; "no nos saltamos las leyes democráticas de un Estado, seguimos el 'mandat democràtic de l'1-O'"-; "no son políticos presos por sus actos fuera de la ley, son 'presos polítics' de un estado opresor-; "no pactamos más autonomía para Catalunya, 'fem república' de una república inexistente.

Y más: hay que insistir como un martillo pilón en que "la voluntat del 47% dels catalans és la voluntat del poble catalá; y, por último, no olvidéis nunca que "llevar, pintar, colgar 'llaços grocs' es sinónimo de libertad y democracia, mientras que descolgarlos o borrarlos es una clara muestra de pertenecer a un comando fascista ultraviolento.

Ultranacionalistas españoles contra ultranacionalistas catalanes, tanto monta, monta tanto. Ambos señalando al otro como el malvado fascista.

¿Se darán cuenta algún día que son dos caras de una misma moneda? Mientras, sigue la partida de blancos y negros, obviando toda la gama de grises, y poniendo en riesgo aquello que más queremos todos: Catalunya.

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