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"Entre la burocracia y el ritmo cotidiano, no hay espacio para el duelo"

"Entre la burocracia y el ritmo cotidiano, no hay espacio para el duelo"

David Zorrakino /Europa Press

Hace poco más de un año, mi padre murió de forma repentina. Tenía 56 años. Un ictus lo cambió todo en cuestión de segundos. Lo que uno imagina cuando pierde a alguien así es el dolor, el vacío o la incredulidad. Pero hay algo de lo que se habla mucho menos: la velocidad con la que el mundo te obliga a seguir funcionando. Y no hablo de volver al trabajo, que también, pero tras la muerte empiezan inmediatamente los trámites, las llamadas, los papeles, los certificados, los bancos, las gestiones administrativas...

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A la vez, la vida continúa: el trabajo espera, las responsabilidades no se detienen y el calendario sigue avanzando como si nada hubiera ocurrido. Uno descubre entonces que apenas hay espacio para el duelo. Entre la burocracia y el ritmo cotidiano, llorar se convierte casi en un lujo que hay que posponer, como si el dolor tuviera que pedir cita previa para existir.

Probablemente, muchas familias han vivido algo parecido. Tal vez deberíamos preguntarnos si nuestra sociedad deja realmente tiempo para afrontar una pérdida o si, por el contrario, exige e impone que hay que recomponerse demasiado rápido.

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