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"El elefante del Estado"

El hemiciclo del Congreso de los Diputados.

El hemiciclo del Congreso de los Diputados. / EFE

España convive desde hace demasiado tiempo con un elefante en la habitación. No es una exageración retórica, sino la constatación de un Estado que ha adquirido un tamaño y una inercia tales que condicionan, de forma silenciosa pero constante, la vida política, económica y social del país. Su presencia determina decisiones, limita alternativas y reduce el margen de acción colectiva. Nombrarlo incomoda; afrontarlo resulta costoso. Pero seguir ignorándolo ya no es una opción responsable.

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El entramado público actual fue concebido para una realidad que ha dejado de existir: una sociedad joven, un mercado laboral estable, una base sólida de cotización y un crecimiento sostenido. La España de hoy es distinta: envejecida, con natalidad mínima, incorporación tardía y precaria al empleo y una estructura productiva incapaz de sostener compromisos crecientes sin tensión. Pese a ello, el aparato estatal no se repliega ni se adapta; se expande, se multiplica y se vuelve más rígido, absorbiendo recursos que la economía real genera con esfuerzo creciente.

Las consecuencias son profundas. El esfuerzo pierde atractivo, la iniciativa se desincentiva y la excelencia queda subordinada a la mera preservación del sistema. Emprender implica cargas tempranas, burocracia densa y una fiscalidad que grava antes de consolidar. Los servicios esenciales muestran fatiga estructural: sanidad tensionada, educación desconectada de la realidad productiva y una administración más orientada a preservarse que a servir.

Durante décadas, los distintos gobiernos han pospuesto reformas y preservado equilibrios aparentes. La oposición suele limitarse a señalar efectos sin articular un modelo integral. Sin embargo, el futuro exige algo más que ajustes marginales: reordenar el Estado, concentrar recursos en creación de valor, premiar productividad y mérito y garantizar sostenibilidad intergeneracional. Mientras no se tenga el coraje de mirar de frente al elefante del Estado, seguirá ocupando la habitación.

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