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"En esta sociedad donde todo tiene un precio, por suerte queda el talento, que no se puede comprar"
Ferrán Nadeu / EPC
Iris Pérez
Vivimos tiempos donde el materialismo marca el pulso de nuestras decisiones. Todo parece tener un precio, todo se puede negociar. El 'marketing' se ha convertido en la nueva religión y las redes sociales en el escaparate de los sueños que antes buscábamos en libros, cines o plazas.
Entretots
Hoy, parecemos medir nuestro valor en función de cuán visibles somos, de cuánto mostramos, de cuánta atención captamos. Pero, por suerte, aún quedan cosas que no se pueden comprar y una de ellas, quizás la más valiosa, es el talento.
Barcelona ha sido, es y será cuna de talento. Un talento que no se fabrica en serie ni se obtiene por nacer en una cuna determinada. Porque el talento verdadero es una semilla que puede brotar en las condiciones más adversas, crecer en los entornos más inhóspitos y brillar en medio del caos.
No entiende de clases sociales ni de currículos académicos. Puede nacer en cualquier cuerpo, en cualquier barrio, en cualquier historia de vida. Esa es, precisamente, una de las mayores riquezas de nuestra ciudad. Barcelona abraza la diversidad, respira inclusión, y acoge a quienes vienen con una chispa única que solo necesita un poco de espacio y confianza para prender.
Pero, aun con todo ese potencial, corremos el riesgo de subestimar nuestro propio valor si no afinamos la mirada para ver más allá de lo establecido, de lo previsible, de lo cómodo. Nuestras empresas, nuestras instituciones están hoy frente a una frontera sutil entre la realidad y la ficción: o reconocen el talento -venga de donde venga- o corren el riesgo de perpetuar un sistema que lo desperdicia.
Apostar por el talento es entender que no tiene un precio justo, porque no se puede tasar lo que nace del alma y transforma el mundo.
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