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"Carta a mi abuela, mamá Anica"

El templo de la Sagrada Família.

El templo de la Sagrada Família. / EPC

Abuela,

Espero no molestarte allá donde estés. Bastante trabajaste en vida como para que ahora venga yo a inquietarte con mis pensamientos. Pero estos días me acuerdo mucho de ti y siento la necesidad de hablar contigo, aunque sea en silencio.

A veces me pregunto qué dirías si pudieras escuchar algunas cosas que se oyen hoy.

El otro día paseaba cerca de la Sagrada Família, que la tengo a pocos minutos de casa. Esa iglesia inmensa y hermosa que diseñó Antonio Gaudí, un hombre casi de tu tiempo. Es una maravilla, abuela. Cada día entran miles de personas de todos los rincones del mundo.

Pagan treinta y seis euros por visitarla.

Tú no conociste el euro, pero para que me entiendas: con ese dinero habrías llenado la alacena de casa para más de dos semanas.

Mientras caminaba, escuché a unos jóvenes decir que con Franco se vivía mejor.

Me quedé quieto. Solo pensé en ti.

Y en mi cabeza escuché tu voz, tranquila y cansada al mismo tiempo:

—Luis, hijo… son jóvenes. No saben lo que dicen.

Pero esta mañana fui al hogar del jubilado a echar una partida de dominó. Un local que pone el ayuntamiento para que los que hemos trabajado toda la vida tengamos un sitio donde reunirnos, jugar a las cartas, al billar, charlar y pasar el rato. Todos tenemos nuestra paga, nuestra pensión. No es riqueza, pero es dignidad.

Y allí oí a dos hombres, nacidos en 1946, decir lo mismo: que con Franco se vivía mejor.

Entonces ya no pensé en jóvenes que no saben. Pensé en ti.

Porque yo sí sé cómo se vivía. Lo vi con mis propios ojos.

Me acuerdo de tu casa… o mejor dicho, de aquella habitación donde dormíamos nueve personas en tres camas. Tres familias bajo el mismo techo. No había váter. Para hacer nuestras necesidades bajábamos a la cuadra. En invierno, el frío se colaba por todas partes y se metía en los huesos. En verano, el calor parecía quedarse atrapado entre las paredes.

Siempre vestida de negro. Tu vestido largo, gastado por los años. El moño bien recogido y el pañuelo en la cabeza. No recuerdo haberte visto descansar nunca.

Trabajabas en el campo de sol a sol. Y cuando llegaba la primavera, ibas a blanquear las casas de los ricos, dejando sus paredes limpias y relucientes mientras la tuya seguía con desconchones por todas las paredes.

Volvías rendida, pero aún te quedaba preparar la comida en aquel puchero pequeño.

La cocina apenas se iluminaba con un candil y con la lumbre de raigones que soltaba un humo espeso. Las paredes estaban negras, más negras que un tizón. Y nosotros respirábamos aquel humo como si fuera lo más natural del mundo.

Lavabas la ropa de rodillas en un tinajón con agua del pozo. En invierno el agua estaba helada, pero tus manos no se quejaban.

Cuando nos lavabas, nos restregabas el cuerpo con estropajos de ramales viejos. Luego nos quitabas los piojos con la peinilla. Todavía recuerdo los tirones en el pelo, el escozor… sentada en aquella sillita de anea.

Antes de sentarte, la golpeabas contra el suelo para que cayeran los chinches.

Aquella era nuestra vida. Aquella era nuestra normalidad.

Y ahora, abuela, escucho que se vivía mejor. Y yo me pregunto:

¿Mejor para quién?

¿Para ti, que criaste sola a cuatro hijos sin ayuda de nadie?

¿Para los que no sabían leer ni escribir, porque nunca pudieron ir a la escuela?

¿Para las mujeres, que no tenían derechos propios?

¿Para los hombres que trabajaban hasta romperse las espaldas sin protección ni descanso?

Hoy hay problemas, claro que sí. La vida nunca ha sido perfecta.

Pero hoy un trabajador tiene derechos. Hoy una mujer puede decidir por sí misma. Hoy los mayores tenemos una pensión.

Hoy podemos hablar sin bajar la voz. Por eso te escribo esta carta.

Porque cuando escucho esas frases siento que se borra tu esfuerzo. Que desaparece el humo de tu cocina, el frío de la cuadra, el dolor de tus manos agrietadas por el agua y el trabajo.

Yo no discuto con odio. Solo cuento lo que vi.

Lo que viví contigo.

Quizá eso es lo que debería decirles: que no se puede hablar de una época desde la nostalgia cómoda, sino desde la memoria de quienes la sufrieron.

Bueno, abuela… ya te dejo descansar. Pero quédate tranquila.

Mientras yo viva, nadie dirá delante de mí que aquellos años fueron mejores sin que yo recuerde tu verdad.

Tu nieto,

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