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Tengo un amigo muy dado a las imprudencias temerarias. Sin jugarse la vida, anda siempre por caminos transgresores.

Entre nosotros, lo llamamos Salmónido, cariñosamente. Le gusta ir contra corriente: una temporada le dio por tomarse en serio los programas electorales, y con eso ya está dicho todo. También pide factura al dentista, saluda en el ascensor, no se mete el dedo en la nariz en los semáforos, comprueba la presión de las ruedas, etcétera. Hasta se ha leído, entero, el Ulises de Joyce. Cosas, en fin, que no practica casi nadie.

La última ha sido hacer vida social. De repente, él y su familia se vieron recuperando hábitos y redescubriendo las relaciones. Entrañaba sus riesgos, naturalmente: el propio peligro de enfrentarse al comportamiento común y la posibilidad de cogerle gusto en un mundo liderado por el autismo tecnológico. Pero mi amigo no se arredra fácilmente. Iban los cuatro en el tren y él propuso: ¿qué tal si nos olvidamos del panorama general y nos dedicamos a hablar de nuestras cosas? Dicho y hecho: se desconectaron de sus smartphones, iPads y otras tecnologías indispensables para la subsistencia actual y comenzaron a charlar en medio del estupor general. También lo intentaron con otros viajeros, pero no hubo manera, el personal de hoy reside en sus conchas. En todo caso y como llamaban la atención, rápidamente apareció el revisor a pedirles los billetes; luego, los miró raro y se fue. A dar parte, pensó mi amigo, de la anomalía. Las compañías ferroviarias, sabido es, siempre dan parte de las anomalías, aunque eso nunca evita los retrasos ni alivia la manía de no dar explicaciones cuando hay incidencias.

Al principio, me confesó, les costó arrancar a hablar. Cuesta asimilar la sensación de tener las orejas vacías de artilugios y tampoco es de despreciar la extrañeza provocada por el sonido de la propia voz y la de los tuyos, tanto tiempo silenciadas. Y, otrosí, la conversación --me explicó-- es un arte, como bien sabían los tertulianos de siglos pasados --no confundir con la batahola televisiva-- y eso requiere práctica, y vamos tan desentrenados… Hemos aprendido, inducidos por las sinergias del negocio descarnado, a vivir hacia dentro, sin expulsar sensaciones, apenas sentimientos y escasos diálogos. Todo ello, continuó, previo pago de la tarifa correspondiente. Un poco gilipollas, ya somos. Bueno, bastante. A quienes nos puede la curiosidad --añadió-- nos gustaría abordar a ese o esa desconocida, conectar, saber de él o de ella, contarle cosas y recibir otras suyas…, pero eso resulta hoy imposible y si abordas a alguien, pueden tomarte por un tarado o algo peor.

Así que, para romper el hielo, ellos comenzaron a hablar del tiempo, pero más tarde ya fueron entrando en asuntos de mayor enjundia. Como el futuro, sin ir más lejos, cuyo debate resulta infinito. Lo bueno de las conversaciones -admitió- es que no tienes por qué ahorrar en gastos, y te permiten ir hasta el mismísimo fin del mundo subido a ellas. Nos lo pasamos tan bien que después de 500 kilómetros, llegados a nuestro destino, nos daba pereza abandonar aquel vagón donde nos habíamos reencontrado con nosotros mismos. A ver, ya sabíamos quiénes éramos, no pretendo negarlo, pero casi nos habíamos convertido en unos desconocidos que viven juntos, cada cual conectado a su aparato, oreja mediante. Hablamos, reímos, jugamos a las cartas…, fue una experiencia muy gratificante. Supongo que rozando la ilegalidad.

Al abandonar la estación --finalizó su relato-- caminamos enganchados al vicio de conversar, seguíamos con nuestro alarde de vida social a cuestas…, mientras el resto de viajeros se mantenía desconectado con su conexión de tarifa abonada…

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Pero todo tiene un límite, y la presión social del ovejismo imperante devolvió a mi amigo a la realidad, así que, con las orejas bien ocupadas de nuevo por los auriculares, él y los suyos han vuelto a las andadas y han dejado de hablarse.

Ya son gente normal.