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"Agachados en Pekín, como un buzo en Barcelona"

"Agachados en Pekín, como un buzo en Barcelona"

Hay baños que te reconcilian con la especie humana y otros que te obligan a replanteártela. En China, uno entra en un aseo público y se encuentra con una escena casi coreográfica: fila sin compartimentos, posición en cuclillas, y al fondo un canal donde las 'evidencias' circulan con una sinceridad hidráulica admirable. Todo a la vista, sin metáforas. Y, sorprendentemente, bastante limpio. Como si alguien hubiera decidido que, ya que la vida es así, al menos esté ordenada.

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Luego regresas a Barcelona, costa, restaurante rápido, y decides -error- entrar al lavabo. Ahí no hay filosofía oriental, hay deporte extremo. El suelo plantea dudas existenciales, las superficies parecen haber vivido demasiadas vidas y el aire tiene esa densidad que uno no sabe si respirar o denunciar. No ves el canal, pero intuyes que algo discurre, aunque no precisamente hacia la civilización.

La paradoja es deliciosa: donde todo está expuesto, hay cierta higiene; donde todo está escondido, hay un festival. Quizá el problema no sea cómo hacemos las cosas, sino cuánto nos importan después. Porque entre agacharse en Pekín o equiparse como un buzo en Barcelona, uno empieza a sospechar que el verdadero avance no era el váter, sino la escoba.

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