Dietario de la espera

Camisones en el tendedero

Sobre la vejez en pandemia, la caída de la URSS y otras pérdidas

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Lucerne (Switzerland)  23 12 2020 - A woman over 90-year-old receives her first dose of the Pfizer-BioNTech COVID-19 vaccine  the first person in the canton of Lucerne to receive the jab  in a nursing home in Lucerne  Switzerland  23 December 2020  (Suiza  Lucerna) EFE EPA URS FLUEELER

Lucerne (Switzerland) 23 12 2020 - A woman over 90-year-old receives her first dose of the Pfizer-BioNTech COVID-19 vaccine the first person in the canton of Lucerne to receive the jab in a nursing home in Lucerne Switzerland 23 December 2020 (Suiza Lucerna) EFE EPA URS FLUEELER / URS FLUEELER

Viernes, 19 de marzo. En los últimos días, dos amigas me cuentan —por móvil, cada una por su lado, sin contacto físico alguno, sin miradas cómplices— de sus padecimientos con familiares muy ancianos, la madre y una tía viuda, dos señoras que ya han rebasado los 90. En el primer caso, la madre, persuadida de que el mundo conspira para envenenarla, no se fía ni de la cuidadora, por lo que la hija va loca por cocinarle en casa para que la mujer ingiera algo de alimento. En el segundo, la tía jura que su marido no está muerto: habla con él y con otros difuntos por teléfono; es más, está convencida de que el esposo la acompañó el martes en taxi a un entierro. En tiempos de covid, la vejez extrema aún más su crudeza histriónica.

Jueves, 25. Viaje exprés a Málaga por trabajo, con un salvoconducto que nadie pide. La primavera vibra en el aire aunque los cristos y las vírgenes permanezcan cautivos en las iglesias. Resignación sin las procesiones ni el 'money' de los turistas. En una escapada al Museo Ruso, el taxista, un chico en la treintena, confiesa que en una Semana Santa normal, sin coronavirus ni restricciones, cada coche se saca un promedio de 3.000 euros en apenas siete días, mientras que ahora él y su pareja deben hacer equilibrios con la economía doméstica y los tápers de la suegra. Interesantes las dos exposiciones: 'Realismo. Pasado y presente. Arte y verdad' (¡con cuadros de Iliá Repin!) y la otra, sobre la filmografía de Andréi Tarkovski. ¿Por qué dejamos escapar la delegación del Hermitage? ¿Por qué lo vetó el Ayuntamiento? ¿No pudo negociarse otro emplazamiento que la Bocana Norte del Puerto? ¡Ay, pobre Barcelona! Me temo que fue una metida de pata colosal.

Martes, 30. El cartero trae una sorpresa y con ella un tropel de recuerdos: el libro de Sara Gutiérrez titulado 'El último verano de la URSS' (Reino de Cordelia), la crónica ilustrada de un periplo ferroviario desde el mar Báltico hasta el mar Negro, sin permiso oficial, en trenes nocturnos, que entonces apenas estaban vigilados por las autoridades. El 25 de diciembre, la próxima Navidad, se cumplirán 30 años de la caída de la Unión Soviética y la arriada de la bandera roja con la hoz y el martillo desde la cúpula del Kremlin. ¡Tres décadas ya! Cómo ha pasado la vida…

Jueves, 1 de abril. ¡Albricias! Vacunan a mi padre, octogenario. Lo acompaño hasta la puerta del CAP. Doy una vuelta para hacer tiempo, pero me llama enseguida al móvil: que ya está, que le han puesto la Pfizer, la buena, dice. El asunto ha funcionado como una seda. Una alegría, una pequeña victoria. Tras un año de pandemia, noto a mis padres apagados. Si el virus está pasando factura a todos, en los mayores se percibe en la forma de una creciente fragilidad; en la cuenta atrás, necesitan más estímulos que nadie. Niños de la guerra y de las hambres de la posguerra…, ¿tenían que pasar por esto? ¿Hacía falta?

Domingo, 4. Tarde de lectura, los diarios de Imre Kertész, los titulados 'El espectador. Apuntes (1991-2001)' (El Acantilado). Lúcidas reflexiones sobre el cambio de régimen en Hungría y la caída de la URSS, pero lo más fascinante de este hombre, desde siempre, es su mirada sobre la existencia, tan desnuda, tan despojada de circunloquios. Con su esposa ya muy enferma, Kertész escribe esta entrada tan hermosa: «Por la mañana, puse a secar sus camisones colgándolos de perchas; pendían de tal manera que veía en ellos los movimientos de su cuerpo». Luego, le compra pollo con arroz y acude a la clínica. Todavía no sabe que su mujer ha muerto. «Se ha dormido», le dice el médico. A lo largo de las páginas, el escritor va despidiéndose de las personas a quienes más quiere y se prepara para partir.

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Miércoles, 7. Según el Instituto Nacional de Estadística, dicen las noticias, «la soledad se instala cada vez con más fuerza en los hogares españoles», y una de cada cuatro viviendas familiares está ocupada por una única persona, en su mayoría mujeres mayores de 65 años. Otra frase de Kertész: «Yo no le temo a la vejez por la vejez, sino precisamente por aquello que encuentro en los diarios de la senectud de Márai: que lo ha abandonado la excitación existencial».

Jueves, 8. Anuncia la Visa un cargo que no toca, un maldito antivirus —mira por dónde— que ya no uso. Llamada al banco. Atiende una voz enlatada que formula preguntas binarias. No nos aclaramos. Me muerdo los puños mientras voy diciéndome, 'chao, chao', dinero. Preferiría hablar con muertos que con maquinitas. Como la tía de mi amiga.