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"No es necesario dominar la lengua del otro para demostrarle respeto"

"No es necesario dominar la lengua del otro para demostrarle respeto"

Alejandro García / EFE

La reciente visita del Papa a Barcelona ha reavivado un debate que parece volver una y otra vez a esta ciudad bajo distintas formas: el lugar que ocupan las lenguas cuando se entrecruzan la identidad, la cultura y la vida pública. En los últimos días, se ha debatido sobre la presencia del catalán en algunos de los actos relacionados con la figura de Antoni Gaudí. Para algunos, se trata de una cuestión protocolaria; para otros, es un gesto cargado de simbolismo. Tal vez ambas cosas sean ciertas.

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Quienes trabajamos con las lenguas sabemos que rara vez son neutrales. No son únicamente herramientas para transmitir información. En ellas habitan la memoria, los afectos, las voces que nos acompañaron en la infancia y la manera en que aprendimos a nombrar el mundo. Gaudí entendía profundamente el valor de los símbolos. Quizá por eso resulta difícil desvincular su obra de la lengua y la cultura que formaban parte de su vida cotidiana.

Escuchar algunas palabras en catalán en una celebración tan estrechamente ligada a su legado no tiene por qué interpretarse necesariamente como una toma de posición política. También puede entenderse como un gesto de reconocimiento hacia una comunidad concreta y hacia aquello que esta considera valioso. Vivimos tiempos en los que cualquier diferencia parece condenada a convertirse en frontera.

Sin embargo, las lenguas también pueden desempeñar la función contraria. Pueden acercarnos. Pueden recordarnos que, antes de disentir, compartimos una misma condición humana. No es necesario dominar la lengua del otro para demostrarle respeto. A veces basta con unas pocas palabras pronunciadas con honestidad. Hablar la lengua de quien nos acoge puede ser, sencillamente, una forma de decir: «Te veo, te reconozco y te doy las gracias».

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