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"Gobernar el campo también exige escuchar a los que lo conocen desde hace generaciones"

"Gobernar el campo también exige escuchar a los que lo conocen desde hace generaciones"

Brais Lorenzo / BLOOMBERG

Estos días, mientras las llamas vuelven a devorar montes y pueblos, desde el norte de Madrid hasta Ávila y tantos otros rincones de España, no paro de pensar en mi abuelo, que en paz descanse. Pacense y campesino desde la cuna, creció en la dehesa extremeña hasta que, como tantos de sus paisanos, tuvo que emigrar en los 70 a Madrid o Barcelona buscando un futuro mejor que su tierra ya no podía ofrecerle.

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Siempre decía que el campesino no era dueño de la tierra; era la tierra quien acababa quedándose con él. De niño aprendió de sus padres y abuelos a distinguir la jara, el cantueso, el tomillo y tantas otras plantas; a rozar el monte, retirando la maleza seca y el matorral para mantenerlo limpio y reducir el riesgo de incendios; a levantar majanos, cuidar las cañadas, podar las encinas sin herirlas, proteger las fuentes y conducir el ganado allí donde el pasto mantenía limpio el campo. No eran simples faenas: eran siglos de conocimiento, transmitidos con paciencia, respeto y amor.

Mi abuelo nunca habló de sostenibilidad. No le hacía falta. Como él, miles de campesinos extremeños y de toda España cuidaron el monte antes de que existieran estrategias, planes o discursos. Hoy, sin embargo, demasiados burócratas, en España y también en la Unión Europea, siguen diseñando políticas rurales desde los despachos, demasiado lejos del territorio. La ciencia y las instituciones son esenciales, pero gobernar el campo también exige escuchar a quienes lo conocen desde hace generaciones. Ignorar esa sabiduría no explica por sí sola nuestros desastres, pero sí empobrece las decisiones con las que intentamos evitarlos.

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