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"Deberes de verano"

"Deberes de verano"

EUROPA PRESS / Europa Press

Cada verano vuelve la misma pregunta en muchas casas: ¿deben los niños hacer deberes durante las vacaciones? Como docente, creo que el problema no está en repasar, sino en convertir julio y agosto en una prolongación del curso escolar. Después de meses de horarios, exámenes y esfuerzo, los alumnos necesitan descansar, jugar, leer por placer y compartir tiempo con su familia.

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El descanso no es un premio menor ni una pérdida de tiempo. También forma parte del aprendizaje. Un niño que se aburre, imagina, conversa, explora o juega está desarrollando capacidades importantes. A veces olvidamos que la infancia no puede medirse solo por fichas completadas o páginas de cuaderno. La escuela es fundamental, pero no todo lo educativo ocurre dentro de sus paredes.

Eso no significa abandonar el aprendizaje durante el verano. Un cuaderno breve, una lectura escogida, escribir un diario, cocinar siguiendo una receta, calcular el presupuesto de una salida o visitar una biblioteca también enseñan. Son actividades sencillas que conectan con la vida real y que pueden mantener despierta la curiosidad sin convertir las vacaciones en una obligación pesada.

También conviene recordar que no todos los niños necesitan lo mismo ni todas las familias pueden acompañar igual esas tareas. Hay hogares con tiempo, recursos y apoyo; otros viven el verano con jornadas laborales largas, dificultades económicas o menos posibilidades de seguimiento. Por eso, mandar las mismas tareas a todos puede aumentar diferencias en lugar de reducirlas.

Los deberes de verano deberían ser pocos, útiles y adaptados. Deberían servir para reforzar lo necesario, no para llenar horas ni tranquilizar conciencias adultas. A veces, para volver a aprender con ganas en septiembre, lo más inteligente es dejar respirar a la infancia. Un verano con lectura, juego, descanso y experiencias compartidas también puede ser profundamente educativo.

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